viernes, 11 de abril de 2014

El otro diálogo, el otro país. Por Sánchez Baptista


Por primera vez muchos podemos considerar que nunca una cadena nacional en radio y televisión habría tenido tantos espectadores o “rating” para utilizar el término comunicacional correcto. Más allá de los valores o estudios para determinar su nivel de audiencia, el hecho es que el tema no paso por debajo de la mesa en cualquier panadería, taller mecánico, bodega y oficinas del país… no es para menos.

Después de 15 años de gobierno, por primera vez se suscita un dialogo de estas características entre los dos principales actores de la vida política de Venezuela: Gobierno y la Alternativa Democrática, ciertamente hay razones profundas que merecen un análisis externo de los errores, aciertos y escenarios que vivió el país años atrás para justificar la carencia de un encuentro de este tipo, que en cualquier democracia es absolutamente normal y hasta cotidiano.

De este importante encuentro hay lecturas que parecen pasar debajo de la mesa en la discusión y que he tratado de sintetizar llamando “el otro diálogo”, porque precisamente no todo recae en el análisis de los discursos, planteamientos y retoricas de sus participantes, sino en algo que considero más importante, que  lo interpreto como el otro país”.

En breves líneas para aclarar a que denomino el otro país, no es más que ese al cual el propio gobierno se ha encargado de censurarle la posibilidad de escuchar una voz distinta, sin caer en detalles, pero hay una realidad comunicacional muy poderosa que prácticamente ha limitado a pequeños espacios la voz o las ideas de quienes piensan distinto a los que hoy gobiernan.

Volviendo al planteamiento inicial, el otro diálogo no es aquel que escucharon oficialistas u opositores, que de alguna manera celebraban o criticaban a cada protagonista en el uso de la palabra, el otro diálogo es el que sintió aquel venezolano que más allá de etiquetas absurdas de derecha o izquierda padece este país como nadie, y bajo la condición en la que se encuentre sabe que el país no está bien.

Cuando previo a este encuentro, vemos encuestas como la publicada por el Instituto Venezolano de Análisis de Datos (IVAD) donde entre muchos datos interesantes arroja que el 59% de los venezolanos cree que Nicolás Maduro lleva el país en una dirección equivocada, un 57% valora negativamente su gestión al frente de la Presidencia de la República y un 66% dice no tener confianza en que pueda solucionar la crisis económica, sin duda mucha tela que cortar....algo está muy mal.

En la política los tiempos son muy dinámicos, recuerdo a Nicolás traer el ejemplo del propio Chávez, quien enfrento a su peor crisis durante los años 2002 y 2004, y pudo superarlas y salir airoso, pero para eso necesito no solo de su liderazgo, sino de soluciones inmediatas a las demandas del pueblo y para el recuerdo de muchos, fue allí donde nacieron las misiones bolivarianas, como un mecanismo realmente exitoso en su momento para devolverle la popularidad y la luz a su gobierno.

Así como Nicolás trajo ese ejemplo, como para quizás justificar que cualquiera puede salir de una crisis como el ave fénix, debe también recordar que ésta no se debe a las manifestaciones o protestas de un sector a diferencia de aquellos años determinantes para Chávez, esta crisis es producto de las malas políticas de su propio gobierno, que  parece alejarse cada vez más de las necesidades de ese otro país que algunos subestiman porque no se manifiestan o expresan contundentemente en la calle, lo que como consejo es aún más peligroso para un gobierno, porque no hay nada peor que subestimar o confundir el silencio de una gran mayoría.

Esa gran mayoría, es en la que creo debemos concentrarnos y no está precisamente representada en oposición o gobierno, es esa que observa, escucha y decide sin temor a equivocarse.

Esa gran mayoría es el otro país, que durante el diálogo supo esperar pacientemente respuestas ante la escasez, la inseguridad, la impunidad, el aumento de los productos de la canasta básica alimentaria, el alto costo de la vida, y simplemente como para el despecho de un corazón engañado, éstas nunca llegaron, por el contrario se dejo una gran duda sobre la capacidad de quienes gobiernan de solucionar los problemas, porque parecen más afincados en ver por el retrovisor al pasado para justificar su fracaso en el presente, lo que se avala en las recientes encuestas publicadas en el país. 

Para concluir, toda crisis, bien sea en lo personal, laboral y hasta en las relaciones de parejas tienen sólo dos opciones, o se solucionan a través del entendimiento, el diálogo y el respetar las diferencias que no es igual a negociar principios para poder avanzar y solucionar, o simplemente se subestima hasta que estalle y no haya vuelta atrás.

Ojalá no llegue el día en que sea demasiado tarde para el gobierno, y muy temprano para ese otro país.

SB,

Sánchez Baptista  
Twitter  @SanchezBaptista

Fuente Encuesta: 
IVAD, publicada el 31 de marzo 2014.
http://puzkas.com/72-de-los-venezolanos-creen-que-el-pais-sufre-una-crisis-economica/

martes, 8 de abril de 2014

Las encuestas y la nueva realidad nacional, por Alonso Moleiro


De acuerdo a los resultados de la última encuesta de Ivad, más del 70 por ciento de los venezolanos se encuentra descontento con su situación personal y pesimista en torno a su futuro. 55 por ciento de los consultados opina que Venezuela vive una  cosa muy parecida a una dictadura. Cerca de la mitad del país acepta mentalmente la eventualidad de convocar a una Asamblea Constituyente o solicitarle la renuncia al presidente Nicolás Maduro. El Presidente observa, en este momento, un índice de rechazo que va camino al 60 por ciento.
Particularmente descriptiva del actual estado de cosas es, en la medición que glosamos, la distribución de simpatías políticas plasmadas en los denominados “bloque políticos situacionales”. Valga decir que, con el paso de los años, esta es una de las mediciones tradicionales de Ivad para calibrar la polarización y el forcejeo entre el chavo-madurismo y la oposición democrática por el control de las preferencias del venezolano. Por primera vez en unos 11 años, la correlación favorece claramente a las fuerzas de la Unidad, en una relación de ventaja que bascula en los 9 puntos: 48 de los azules contra 37 de los rojos.
Los dígitos que comentamos en calidad de reporte son particularmente reveladores y aproximadamente escandalosos. Ivad es una firma muy consultada por todo el estamento político nacional, incluyendo al propio Palacio de Miraflores. Baste decir que durante todos estos años los niveles de satisfacción de la población, así como la aceptación de la gestión presidencial, estaban encaramados con comodidad en la plataforma del 50 por ciento; un planteamiento como la renuncia presidencial ni siquiera estaba presente en el radar demoscópico y los bloque situaciones ofrecían una tradicional ventaja, no muy amplia, pero inobjetable, del chavismo frente a la oposición.
Hay que decir, además, que las mediciones de Ivad son tradicionalmente muy conservadoras respecto a las posibilidades reales de la Oposición política: en los actuales momentos, a manera de ejemplo, hay estudios de otras firmas, como la de Alfredo Keller, que ofrecen un panorama todavía más nítido y concluyente en torno a la grieta de la crisis, el fermento anímico de la población respecto al país en el cual vive y la creciente necesidad de que las cosas cambien. Con toda seguridad, los números actuales son los mejores para la Oposición en 11 años.
No es este un comentario doméstico. No hay posibilidad alguna de activar una salida constitucional que le otorgue un punto de fuga a la acumulación actual de tensiones si el mapa de simpatías en Venezuela no emprende, como parece estarlo haciendo, una radical recomposición. Ni siquiera las posiciones más descreídas en torno a nuestra realidad institucional y las posibilidades de una salida electoral a esta crisis podrían dejar de desconocer que, hasta la fecha, el chavismo administraba unos niveles de popularidad, y en consecuencia de legitimidad, imposibles de obviar cuando tocaba sentarse a analizar la realidad nacional. El chavo-madurismo ha cavado su propia fosa equivocándose. Y el patriarca ya no está.
Como hemos afirmado en otras ocasiones, la crisis en curso no está alimentada por un artificio mediático o una componenda de los denominados poderes fácticos. Vivimos una crisis económica con todas las de la ley: una grieta que, expresada en inflación, escasez, corrupción y violencia, camina a velocidad crucero por todas clases sociales. Las protestas mancomunadas de Petare y sus vecinos de Terrazas del Avila no deberían ser pasadas por alto.  La profecía se ha cumplido. La producción nacional está arruinada. Las expropiaciones le dieron los confines definitivos a la destrucción del país.  El denominado Plan de la Patria es un estrepitoso fracaso. La utopía es una distopía.
¿Adelantó la jugada Leopoldo López con el planteamiento de “La Salida” y la convocatoria a la calle, como aseguran hoy sus críticos? Es una discusión que, llegados a este punto, luce totalmente ociosa. Las crisis sociales no atienden protocolos; lo cierto es que el estallido de persona ya está entre nosotros y la cara del país es otra desde el 12 de febrero. A usted puede que eso no le guste, pero eso no es problema de la crisis: ella sigue ahí.  Nadie podrá afirmar, sin que sea tomado por loco, que todo el mundo debe volver a su casa a esperar que los sensatos nos avisen qué es lo que debemos hacer, en virtud de que, con un pistoletazo adelantado, Leopoldo y María Corina Machado anunciaron una salida en falso.
Ha quedado dicho en otras entregas: no estamos en 2002. Estamos en 2014. Nadie está protestando porque Maduro tiene la piel oscura o porta alguna otra verruga: hemos vivido en estos lustros una interminable secuencia de desaciertos, corrupción, imposturas e impunidad. La muerte de Mónica Spear abrió la espoleta de la indignación ciudadana y esa circunstancia no se puede desconocer prescribiéndole a los demás manuales de comportamiento de carácter académico. Todos los argumentos del chavismo en torno a lo que sucede —guerra económica, burguesía parasitaria, sabotaje— están hoy en una profunda crisis. También eso lo recogen las encuestas.
Lo procedente respecto al curso de esta crisis, que ni siquiera el más radical de los chavistas se puede atrever a desconocer, es cabalgarla. Colocarse delante de las demandas ciudadanas, pedirle al gobierno explicaciones y responsables, y orientar el cauce ciudadano a una resolución incruenta y constitucional. Eso y no otra cosa era la denominada “salida”.
Es cierto que las guarimbas son un procedimiento incivil y en muchas ocasiones aproximadamente inútil. No lo es menos que la toma de la calle es un haber fundamental para fomentar la comprensión de la crisis que vivimos y la discusión de la salida que debemos construir. Lo que se ha avanzado a partir del 12 de febrero, es, cuantitativa y cualitativamente, muchísimo. Hacer Oposición no puede residir únicamente redactar reglamentos, negociar candidaturas y emitir pronunciamientos públicos. Nadie aquí está dispuesto a esperar 2019 resignados y metidos en nuestras casas. El país ya no da para eso.

miércoles, 26 de febrero de 2014

El país de lo impredecible. Por Sánchez Baptista


En estas últimas semanas me he dedicado a escuchar al seno opositor que me rodea, donde me doy cuenta hay mucha más diversidad de la que creemos, y aunque todos  buscamos el mismo objetivo, son más las diferencias que las coincidencias en cada tertulia, porque todos creemos tener la verdad y la verdad no tiene un dueño.

La historia es la más fiel referencia que podemos usar como base para entender lo que sucede. Esa misma historia nos habla de un pueblo sumiso, conformista e indolente, pero muy trabajador, luchador y enamorado de la vida. Quizás somos un pueblo lleno de contrastes, donde más allá de la racionalidad, es el sentimiento y la emoción lo que nos marca como país.

Es más fácil esperar que alguien resuelva nuestros problemas, es más fácil admirar o seguir que ser líder, es más valiente quien desafía o insulta a quien construye y une, parece vivimos en un antagonismo que nos suma y resta, nos hace difíciles, a veces hasta impredecibles.

Como dos versos que retumban mis oídos últimamente es la insistencia de unos de colocar como fiel líder a Leopoldo López, a su vez sacrificando a Henrique Capriles. Otros más racionales no elevan a este último pero sí reconocen  su visión y la creen más acertada para este momento de la película.

No entrare en detalles, pero razones para protestar hay miles. Luego del 8 de Diciembre a pesar del esfuerzo de Capriles como líder en la campaña no se logro el objetivo: materializar el plebiscito y derrotar a Maduro en voto nacional, lo que cambio drásticamente el escenario que habilitaba las salidas constitucionales con una mayoría consolidada.

Como una serie de sucesos que no estaban en el panorama político del país, en cuestión de semanas lo que comenzó como una sublevación estudiantil exigiendo su derecho a tener seguridad en las universidades, se convirtió en una oportunidad para encausar la protesta en la visión de otros. Leopoldo López reivindico la lucha hacia la calle, que es un derecho constitucional pero parece desde el inicio algo fallaba y era el mensaje, lo que por su puesto desvirtuaba el objetivo de su estrategia.

Como Judas fue tildado Capriles en la voz de muchos, quizás por no acompañar el llamado de calle reiterando en numerosas veces que la protesta debería tener un foco, dando en el punto más débil en lo emocional de la propuesta de López, pero que miles de personas no veían porque ciertamente al país le sobran razones para tomar las calles.

Pasaron los días y tenemos a un Leopoldo López en la Carcel de Ramo Verde, un movimiento estudiantil en las calles enfrentando las balas de la opresión que han asesinado a más de 8 universitarios, una sociedad civil desorientada que compro la idea de una salida y se ve atrapada en su propia receta, además de un Capriles para muchos fuera de sintonía, para otros con la responsabilidad de retomar el rumbo del barco a pesar de las críticas en su contra.
¿Dónde estamos y hacia dónde vamos?

No es fácil para nadie creer que podemos regresar a la normalidad, es lo que pinta  pero cualquier hecho puede revertir la historia. Al frente, vemos un gobierno débil en lo popular, carente de nuevas ideas, y con la más profunda crisis económica que parece dentro de poco podrá implosionar.

A lo interno, puede haber desencantos y frustración en muchos al ver como esa idea de cambiar a corto plazo no se concreta, a pesar del país ser el mismo con su crisis, escasez, inflación, inseguridad, y alto costo de la vida, en fin las mismas razones para encausar la protesta que se apaga, a menos suceda un hecho improvisto que evite esto.

En este orden, lo más interesante es el debate que genera el mediano y largo plazo.  Vemos a un Capriles que llama a conectar con los sectores populares, reiterando que sin ellos no hay cambio posible. Tomándole la palabra, ¿hasta qué punto los sectores más vulnerables del país, que pueden sentirse desencantados de este gobierno han demostrado tener el carácter para cambiar?, no es por subestimar, es porque la historia, y los mismos proceso electorales de la última década lo demuestran así.

Esta es una reflexión que, a quienes creen como única salida el plano electoral los hace pensar en las estrategias para enamorar a los más vulnerables. Pero en el plano de la protesta, el venezolano está acostumbrado a un líder que les diga que hacer, y eso es parte de la idiosincrasia criolla, más aún en las clases populares.

Es una total ingenuidad pensar que los sectores excluidos van a salir solos a buscar la salida del gobierno. No somos Ucrania, somos Venezuela.

Este país parece ser una bomba de tiempo, donde lo más acertado hasta ahora es esperar el desgaste natural del gobierno. Saber esperar el momento es de sabios, y tomar decisiones también.

Construir una mayoría electoral para en 5 años buscar un cambio parece inviable como vamos, no por un capricho frustrado de la mitad del país, sino porque Venezuela está camino al colapso y cuando llegue el momento, no se puede ser complaciente. 

En ese momento la razón y la emoción pesan por igual. La irreverencia también tiene su hora cuando las causas justas le demandan.

¿Cuándo será el momento? Bienvenido al país de lo impredecible.

SB, Sánchez Baptista
@sanchezbaptista 
26/02/14