De acuerdo a los resultados de la última encuesta de Ivad, más del 70 por ciento de los venezolanos se encuentra descontento con su situación personal y pesimista en torno a su futuro. 55 por ciento de los consultados opina que Venezuela vive una cosa muy parecida a una dictadura. Cerca de la mitad del país acepta mentalmente la eventualidad de convocar a una Asamblea Constituyente o solicitarle la renuncia al presidente Nicolás Maduro. El Presidente observa, en este momento, un índice de rechazo que va camino al 60 por ciento.
Particularmente descriptiva del actual estado de cosas es, en la medición que glosamos, la distribución de simpatías políticas plasmadas en los denominados “bloque políticos situacionales”. Valga decir que, con el paso de los años, esta es una de las mediciones tradicionales de Ivad para calibrar la polarización y el forcejeo entre el chavo-madurismo y la oposición democrática por el control de las preferencias del venezolano. Por primera vez en unos 11 años, la correlación favorece claramente a las fuerzas de la Unidad, en una relación de ventaja que bascula en los 9 puntos: 48 de los azules contra 37 de los rojos.
Los dígitos que comentamos en calidad de reporte son particularmente reveladores y aproximadamente escandalosos. Ivad es una firma muy consultada por todo el estamento político nacional, incluyendo al propio Palacio de Miraflores. Baste decir que durante todos estos años los niveles de satisfacción de la población, así como la aceptación de la gestión presidencial, estaban encaramados con comodidad en la plataforma del 50 por ciento; un planteamiento como la renuncia presidencial ni siquiera estaba presente en el radar demoscópico y los bloque situaciones ofrecían una tradicional ventaja, no muy amplia, pero inobjetable, del chavismo frente a la oposición.
Hay que decir, además, que las mediciones de Ivad son tradicionalmente muy conservadoras respecto a las posibilidades reales de la Oposición política: en los actuales momentos, a manera de ejemplo, hay estudios de otras firmas, como la de Alfredo Keller, que ofrecen un panorama todavía más nítido y concluyente en torno a la grieta de la crisis, el fermento anímico de la población respecto al país en el cual vive y la creciente necesidad de que las cosas cambien. Con toda seguridad, los números actuales son los mejores para la Oposición en 11 años.
No es este un comentario doméstico. No hay posibilidad alguna de activar una salida constitucional que le otorgue un punto de fuga a la acumulación actual de tensiones si el mapa de simpatías en Venezuela no emprende, como parece estarlo haciendo, una radical recomposición. Ni siquiera las posiciones más descreídas en torno a nuestra realidad institucional y las posibilidades de una salida electoral a esta crisis podrían dejar de desconocer que, hasta la fecha, el chavismo administraba unos niveles de popularidad, y en consecuencia de legitimidad, imposibles de obviar cuando tocaba sentarse a analizar la realidad nacional. El chavo-madurismo ha cavado su propia fosa equivocándose. Y el patriarca ya no está.
Como hemos afirmado en otras ocasiones, la crisis en curso no está alimentada por un artificio mediático o una componenda de los denominados poderes fácticos. Vivimos una crisis económica con todas las de la ley: una grieta que, expresada en inflación, escasez, corrupción y violencia, camina a velocidad crucero por todas clases sociales. Las protestas mancomunadas de Petare y sus vecinos de Terrazas del Avila no deberían ser pasadas por alto. La profecía se ha cumplido. La producción nacional está arruinada. Las expropiaciones le dieron los confines definitivos a la destrucción del país. El denominado Plan de la Patria es un estrepitoso fracaso. La utopía es una distopía.
¿Adelantó la jugada Leopoldo López con el planteamiento de “La Salida” y la convocatoria a la calle, como aseguran hoy sus críticos? Es una discusión que, llegados a este punto, luce totalmente ociosa. Las crisis sociales no atienden protocolos; lo cierto es que el estallido de persona ya está entre nosotros y la cara del país es otra desde el 12 de febrero. A usted puede que eso no le guste, pero eso no es problema de la crisis: ella sigue ahí. Nadie podrá afirmar, sin que sea tomado por loco, que todo el mundo debe volver a su casa a esperar que los sensatos nos avisen qué es lo que debemos hacer, en virtud de que, con un pistoletazo adelantado, Leopoldo y María Corina Machado anunciaron una salida en falso.
Ha quedado dicho en otras entregas: no estamos en 2002. Estamos en 2014. Nadie está protestando porque Maduro tiene la piel oscura o porta alguna otra verruga: hemos vivido en estos lustros una interminable secuencia de desaciertos, corrupción, imposturas e impunidad. La muerte de Mónica Spear abrió la espoleta de la indignación ciudadana y esa circunstancia no se puede desconocer prescribiéndole a los demás manuales de comportamiento de carácter académico. Todos los argumentos del chavismo en torno a lo que sucede —guerra económica, burguesía parasitaria, sabotaje— están hoy en una profunda crisis. También eso lo recogen las encuestas.
Lo procedente respecto al curso de esta crisis, que ni siquiera el más radical de los chavistas se puede atrever a desconocer, es cabalgarla. Colocarse delante de las demandas ciudadanas, pedirle al gobierno explicaciones y responsables, y orientar el cauce ciudadano a una resolución incruenta y constitucional. Eso y no otra cosa era la denominada “salida”.
Es cierto que las guarimbas son un procedimiento incivil y en muchas ocasiones aproximadamente inútil. No lo es menos que la toma de la calle es un haber fundamental para fomentar la comprensión de la crisis que vivimos y la discusión de la salida que debemos construir. Lo que se ha avanzado a partir del 12 de febrero, es, cuantitativa y cualitativamente, muchísimo. Hacer Oposición no puede residir únicamente redactar reglamentos, negociar candidaturas y emitir pronunciamientos públicos. Nadie aquí está dispuesto a esperar 2019 resignados y metidos en nuestras casas. El país ya no da para eso.

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