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lunes, 26 de mayo de 2014

San Diego, San Cristóbal y Venezuela. Por Sánchez Baptista


En política, muchas veces los resultados electorales van más allá de una victoria o una derrota. Las celebraciones y las tristezas generalmente opacan el importante espacio que merece el análisis, y entender por qué muchas veces el pueblo de acuerdo a las creencias de cada quien acierta, o simplemente se equivoca.

Cada proceso electoral es distinto, cada región es diferente y el país es uno nuevo cada día, es una realidad impredecible la que todos vivimos, pero con verdades que nos arropan por igual, y que más allá de las etiquetas políticas son imposibles de ocultar.

Por ejemplo, San Diego, San Cristóbal, Páez (Alto Apure) o Valera son municipios distantes pero que sufren los mismos problemas-país que todos conocemos, ahora bien ¿Por qué responden distinto  electoralmente?, ¿Cómo un municipio histórico en una tendencia, se revierte a otra?

No hay una verdad absoluta. Pero la experiencia en los procesos dicta que un punto fundamental es la organización. Empiezo por acá, porque preocupa como siempre se espera un proceso electoral para en costión de meses querer revertir una tendencia de años.

La organización va de la mano con el trabajo de un potencial candidato o dirigente político. No se puede pretender sin un trabajo social calar de inmediato en una población, mucho menos sin organización lograr una campaña que de resultados y peor aún, creer que por el apoyo vía consenso o imposición de una serie de partidos ya es suficiente para en meses vencer muy probablemente a otro candidato que ya es gobierno y por lo mínimo tiene de 4 a 8 años gobernando una localidad.

Por si fuera poco, ignorar los resultados electorales previos es como correr cada 4 años el mismo maratón y tropezarse siempre con la misma piedra, la cual en esta breve historia ya tiene su historial de lesionados.  

En el análisis está la oportunidad de oro de reconocer las fallas del candidato, su estrategia y la organización. Para largas penas, pocos se preocupan por esto, lo que nos lleva a entender porque siempre la tradicional excusa suele desahogarse por el ventajismo (que siempre va a existir), la compra de votos (que siempre va a existir), y el abuso de poder de quien gobierna que siempre, sea del partido que sea va a existir y que hoy no tiene límites.

En estas últimas líneas quiero cerrar con una reflexión: como hacen faltan los candidatos que por vocación buscan trabajar por su pueblo y no esperan cada 4 años para aparecer, hace mucha falta tener un plan, una estrategia, un equipo y lo más importante la organización para cuando llegue el momento tener al menos lo esencial para salir al ruedo político en busca de legitimar el trabajo y la constancia de años. En este sentido, poco se hace y es lo que se debe hacer. A veces, no es que un gobierno controle todo aun siendo ineficiente, sino que quienes le adversan tampoco hacen el trabajo correcto y por ello siempre pierden con los mismos errores.

Si la historia cambiara, estoy seguro los resultados fueran otros. No se trata de legitimar a una institución, se trata de vencerla y superar con trabajo todos los obstáculos que ya conocemos.

San Cristóbal y San Diego, no sólo derrotaron a candidatos del gobierno, derrotaron el ventajismo del estado, el chantaje, la militarización, la represión, la injusticia del TSJ, al CNE y al propio Nicolás Maduro. No hubiese existido otra forma de hacer justicia sino a punta de votos y con una mayoría contundente, allí el gran reto que hoy demanda el país. 

Probablemente el Gobierno hubiese esperado que la violencia en las calles sorteara el futuro de San Cristóbal y San Diego, el cual sin duda les favorece porque es allí donde tienen el control. ¿Qué paso?  El pueblo se organizó, participo y se expresó.


No hubo injusticia, abuso de poder ni militarización que pusiera de rodillas la voluntad de un pueblo. Entre lineas, un ejemplo para el país. 

SB,

Sánchez Baptista  
Twitter  @SanchezBaptista


miércoles, 7 de mayo de 2014

Sí, tengo miedo. Por Luis Vicente León


El 79% de la población evalúa negativamente la situación del país. Es obvio el porqué. El deterioro en la calidad de vida es dramático. Cuando preguntamos cuáles son los principales problemas del país, por primera vez en años la primera respuesta no es la inseguridad (que aparece en segunda posición), sino el desabastecimiento, escoltado por la inflación y el desempleo. Los problemas económicos se roban el "show". ¿Y cómo no, si la inflación llega a 59% para darnos el "privilegio" de ser el país con mayor inflación del mundo? ¿Cómo no, si debes visitar cuatro establecimientos para comprar la canasta alimentaria, donde faltará igual la leche, aceite, azúcar y harina? ¿Cómo no, si es difícil comprar papel toilette? ¿Cómo no, si las empresas ya no planean nuevos lanzamientos sino cronogramas de cierre de plantas? ¿Cómo no, si para comprar cemento o cabillas hay que recurrir al mercado negro? 

Pero, como otras veces, no coincido con la jerarquización que da la mayoría a los problemas del país. Si bien la economía es un problema central, creo que es más fácil avanzar ahí que en la solución de la inseguridad y es ésta la que me quita el sueño. La inseguridad está desbordada, llegando a niveles emocionalmente insoportables. Es un horror, pero nuestra división más perversa no es política sino esa que se refleja en el hecho de que un joven de un barrio pobre tiene una esperanza de vida casi una década menor que la de uno de urbanización. Es entre quienes se han acostumbrado durante años a que les cobren peaje para subir a su casa, los aterroricen los azotes de barrio o les maten los hijos en su entorno y los más novatos, que hemos visto instalarse más recientemente la inseguridad en nuestras vidas. Hoy estamos, sin embargo, frente a la socialización de la violencia y no de las soluciones. Es posible que en breve el gap de esperanza de vida entre barrio y urbanización se cierre, pero igualando hacia abajo. 

Ahora vivimos en carne propia lo que otros vivieron siempre, cuando te roban, te secuestran, se meten en tu casa o te asesinan o ves con estupor la instalación del sicariato. 

Pero hay una sociedad para quien la muerte violenta es aún inaceptable. Es esa mamá que no se recupera del asesinato de su hijo y se echa a morir con él. Es esa pareja que, después del secuestro, siente que los malandros están asechándolos en su propio baño y prefieren reventarse de ganas; y mañana no se quieren parar de la cama, ni abrir la puerta ni la ventana ni salir a esa jungla espantosa donde sienten náuseas ante el peligro de vivir aquí. 

Y entonces, los novatos, con menos experiencia, colapsan y no hay lugar donde vayas ni conversación que no termine discutiendo la necesidad de emigrar. 

El clímax personal lo viví anoche cuando mi esposa lloró de la nada y me dijo con ese sentimiento reservado a las ocasiones más dramáticas de la vida: "nos estamos quedando solos", y estaba implícito el reclamo de que es por mí, porque no me da la gana de irme. Hay un éxodo en nuestro entorno, donde todos parecen dividirse entre quienes se fueron, quienes se van... y quienes deberían irse. 

Traté de calmarla, pero sonaba hipócrita, porque yo también tengo miedo. Se me quedó clavado en esa funeraria, hace apenas un mes, cuando quería abrazar a la familia de Gustavo, asesinado en el Ávila montando bici y alrededor de él se velaban 6 personas más, también asesinadas en diferentes circunstancias... y había siete familias destruidas por el dolor. Y es a ese dolor a lo que le tengo miedo. Pero también es la gasolina que me impulsa a trabajar para que mis hijos, apenas ayer comulgando por primera vez, puedan vivir donde quieran y sin embargo, quieran (y merezca la pena) vivir aquí. 

@luisvicenteleon 
luisvicenteleon@gmail.com
Foto: Revista Dominical